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Aunque es un tratamiento que ayuda a los pacientes con déficit de atención, no es ni tan revolucionario ni tan novedoso como puede parecer.

 

El déficit de atención no es una enfermedad propiamente dicha, sino una condición que acompaña al individuo a lo largo de su vida y que, por tanto, no tiene una ‘cura’ como tal. No significa esto que no deba tratarse, todo lo contrario, pues la persona que lo sufre puede beneficiarse, y mucho, de una adecuada terapia, llegando a llevar una vida lo más adaptada posible a sus necesidades y paliando al máximo los síntomas  a los que esta condición le predispone.

La persona con déficit de atención lo es para toda su vida, lo que conlleva para ella una mayor vulnerabilidad en determinados ámbitos, pero sus manifestaciones pueden ser controladas de manera eficaz con un tratamiento individualizado y ajustado a las características vitales de cada persona. El déficit de atención no se cura, pero en cierto modo sí puede reeducarse, además de que parece que algunos de sus síntomas más evidentes pueden tender a aminorarse con la edad (de esto último, por desgracia, aún no se tienen datos concluyentes).

Son muchos los padres y las madres que se alarman ante el diagnóstico de lo que comúnmente se conoce ya como TDA (o TDAH, en función de si el déficit atencional se acompaña de síntomas de hiperactividad) en su hijos. No es de extrañar, pues tradicionalmente se ha asociado esta dificultad al fracaso escolar, al sufrimiento emocional, y al aislamiento. Afortunadamente, desde la psicología, la neurología y la docencia especializadas, se sabe hoy mucho y también cómo ayudar eficazmente a quien muestra sus síntomas.

Ocurre, como ha pasado con otras condiciones y enfermedades a lo largo de la Historia, que ante diagnósticos alarmantes se recurre también a soluciones extremas. Y de esto se han nutrido muchos publicistas, ofreciendo ‘pócimas mágicas’ y ‘soluciones novedosas o revolucionarias’ a las que cualquiera puede agarrarse en un momento de pánico. Y en esa fase nos encontramos ahora.

Después del boom de algunos medicamentos (cuyo perfeccionamiento ha tardado en llegar y cuyo uso sólo es adecuado en algunos casos específicos y bajo la indicación del neurólogo especializado) y después del surgimiento de algunas mal llamadas ‘terapias infalibles’, le toca ahora el turno al ‘revolucionario mundo del neurofeedback’.

Pues bien, el neurofeedback sí es eficaz, pero ni tiene nada de revolucionario, ni es infalible, ni conforma en sí mismo una auténtica terapia. El neurofeedback no es más que una técnica de las muchas técnicas eficaces que, bien planificadas y secuenciadas,  se incluyen habitualmente el el diseño de la intervención neuropsicológica de un caso de déficit de atención. Entre ellas, el neurofeedback no es ni la herramienta más eficaz ni la más imprescindible.

Las técnicas de biofeedback llevan ya décadas utilizándose con éxito como parte del tratamiento de un amplio rango de condiciones de tipo psicológico, como pueden ser la depresión, la epilepsia, algunas adicciones, algunos tipos de fobias o el déficit de atención, entre otros. Como su nombre indica, se trata de una biorretroalimentación, que consiste en transformar una respuesta fisiológica de la que uno no tiene conocimiento en otro tipo de estimulación que sea perceptible para la persona.

Es decir, consiste en hacer conscientes algunas de nuestras respuestas fisiológicas inconscientes. Por ejemplo, las ondas cerebrales, la respuesta electrodérmica de la piel, la frecuencia cardíaca o la tensión muscular son fenómenos a menudo implícitos e incontrolados que pueden registrarse con la debida aparatología. En base a sus parámetros, pueden ser trasladados al papel o ser transformados en una señal sonora, por poner algunos de los ejemplos más habituales.

Hacemos biofeedback cuando registramos una respuesta fisiológica como alguna de las que hemos mencionado, y la volvemos ‘perceptible’ para quien la experimenta. Así, por ejemplo, podemos obtener información directa de cuando una persona tensa su mandíbula por la noche, en el marco de un problema de bruxismo (se ponen electrodos en los grupos musculares involucrados, se registra su actividad durante la noche, y se activa un sonido cada vez que se produce una tensión que supera un determinado umbral que previamente ha sido definido).

A través del biofeedback, la persona toma conciencia de algunas de las respuestas fisiológicas que ofrece su organismo de manera incontrolable o inconsciente. Más concretamente, el neurofeedback no es otra cosa que biofeedback específico sólo a partir del registro de ondas cerebrales. Resulta algo engañoso atribuirse, como se atribuyen algunas clínicas, el milagro de su invención. El neurofeedback lleva años llevándose a cabo en clínicas, hospitales, facultades universitarias y centros de investigación.

Colocando los electrodos pertinentes mientras se somete a la persona a una determinada tarea, se genera una electroencefalografía (gráfico resultado del registro de las ondas cerebrales durante un periodo de tiempo concreto) que permite saber qué tipo de ondas cerebrales se han ido activando, ante qué estímulos o ante qué tipos de tareas. El cerebro genera distintos tipos de onda ante distintos tipos de actividad cerebral. Y anomalías en estos patrones de respuesta cerebral pueden indicar donde es habitual o previsible que la persona, en este caso con TDA, vaya a tener más dificultades.

Esta sería, básicamente, la aplicación del neurofeedback al tratamiento del TDAH. Una herramienta muy eficaz pero que por sí sola es meramente informativa. Una vez evaluado el patrón de ondas cerebrales, es necesario intervenir con la persona para que sea capaz de activar o redirigir su atención cuando sea necesario. Y esto se hace con un entrenamiento sistemático, con ejercicios que mejoran la atención, con cambios en los patrones de conducta, cambios contextuales en casa y en el aula, modificando las instrucciones que la persona recibe, entrenando a familiares y maestros del niño con TDA… Es decir, con toda una terapia diseñada específicamente sobre la base a la evaluación que se haya hecho del caso. Esta terapia es eficaz aún cuando no se han utilizado técnicas de neurofeedback, porque su utilidad se ha considerado accesoria o redundante.

Algunos centros nacionales publicitan su técnica de neurofeedback como ‘revolucionaria’, cuando lleva muchos años aplicándose en este campo y ha demostradoser eficaz sólo como parte de un tratamiento global. De hecho, con complementos de neurofeedback o sin ellos, y con medicación farmacológica o sin ella, el tratamiento que más eficaz ha demostrado ser para el TDA o TDAH es el tratamiento multimodal (por cuanto tiene de intervención psicológica, escolar y familiar) basado en las premisas de la terapia cognitivo-conductual.

Para combatir los síntomas del TDAH,  que es una predisposición cerebral derivada de un desequilibrio neuroquímico en determinadas zonas del cerebro (especialmente en las áreas frontales y prefrontales), no puede hacerse ni con una sola técnica ni de forma milagrosa. Toda terapia conlleva dedicación, tiempo y esfuerzo de todos los agentes que en ella participan (desde el profesional hasta el paciente, pasando por familiares, maestros y amigos si es necesario). Desconfía de fórmulas magistrales que arreglan una dificultad psicológica en un santiamén.

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Psicóloga, terapeuta de pareja. Dirijo el centro sanitario ‘Aprende a Escucharte’ y colaboro en medios. Me interesan las personas: cómo actuamos y cómo nos relacionamos.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/4″][/vc_column][/vc_row]