Tiene sabor a ciencia ficción que se está volviendo real, una mezcla de la película Matrix por un lado y una operación de alta precisión por el otro. Investigadores estadounidenses han dado un paso gigantesco con un chip cerebral inalámbrico que promete conectar el cerebro humano con un ordenador sin cables ni huesos perforados, y ya está siendo probado en pacientes para recuperar funciones perdidas por afecciones neurológicas severas.

La joya de la corona se llama BISC (Biological Interface System to Cortex), una interfaz cerebro-ordenador construida alrededor de un único chip de silicio tan delgado como un cabello humano que puede transferir datos a velocidades altísimas. A diferencia de los dispositivos convencionales que requieren contenedores voluminosos de electrónica implantados en el cuerpo, este chip compacto se desliza en el espacio entre el cráneo y la superficie cerebral, quedando apoyado como una lámina flexible sin necesidad de cables ni cirugía invasiva mayor.

Lo verdaderamente rompedor aquí es que el chip no solo lee la actividad cerebral, sino que también tiene componentes integrados para estimular regiones específicas, todo ello dentro de un volumen increíblemente pequeño (aproximadamente 3 mm³) con decenas de miles de electrodos: 65 536 en total, de los cuales más de mil pueden registrar señales al mismo tiempo y decenas de miles más pueden enviar estímulos precisos.

Ese puente invisible entre pensamiento y máquina no se apoya en cables enterrados ni en hueso retirado, sino en una conexión inalámbrica de alta capacidad que funciona con Wi-Fi o protocolos afines. El chip incorpora un transceptor de radio y los circuitos necesarios para el manejo de energía y datos, y se comunica con una pequeña “estación repetidora” externa que actúa como puente inalámbrico entre el cerebro y cualquier ordenador compatible, casi como si tuvieras una red neurológica conectada a internet.

En la práctica clínica, este diseño mínimamente invasivo significa que los cirujanos pueden insertar el dispositivo a través de una pequeña incisión en el cráneo y ubicarlo sobre la superficie del cerebro sin necesidad de abrir grandes secciones óseas ni dejar cables colgando, lo que reduce tanto la inflamación como el riesgo de rechazo o infección.

Pero más allá de la ingeniería impresionante, el objetivo es transformar vidas. Las aplicaciones médicas apuntan a restaurar funciones motoras, del habla, visuales e incluso a ayudar a controlar convulsiones en personas con epilepsia, lesiones medulares o enfermedades neurodegenerativas que de otro modo dejarían a los pacientes atrapados en su propio cuerpo.

Esta tecnología se está desarrollando gracias al esfuerzo combinado de grandes instituciones como la Universidad de Columbia, el Hospital Presbiteriano de Nueva York, Stanford y la Universidad de Pensilvania, y está documentada en estudios revisados por pares publicados recientemente en Nature Electronics.

Un carrera tecnológica

Este nuevo chip forma parte de una carrera tecnológica global en la que varias compañías y laboratorios compiten por dominar el delicado arte de conectar neuronas con ordenadores sin convertir el cerebro en un panel de enchufes. Y ahí es donde el avance conocido como BISC empieza a marcar diferencias claras frente a otros proyectos ya famosos.

Hasta ahora, el nombre que monopolizaba titulares era Neuralink, la empresa impulsada por Elon Musk. Su implante, ya probado en voluntarios humanos, ha demostrado que es posible permitir a una persona con parálisis mover un cursor o escribir solo con el pensamiento. Sin embargo, el sistema de Neuralink requiere una intervención quirúrgica más compleja, con electrodos implantados directamente en el tejido cerebral y un dispositivo relativamente voluminoso alojado bajo el cráneo. Funciona, pero no es precisamente discreto ni sencillo.

También existen otros desarrollos relevantes como los de BrainGate, un consorcio académico que lleva años trabajando con interfaces cerebro-máquina para restaurar el movimiento y la comunicación en pacientes con lesiones neurológicas. Su tecnología ha logrado resultados notables, pero depende en muchos casos de conexiones por cable y equipos externos voluminosos, lo que limita su uso cotidiano y prolongado.