Durante años se pensó que “no pensar en nada” era una exageración lingüística, una forma elegante de decir estoy cansado o me he distraído. Pero la neurociencia acaba de estropear esa excusa. Resulta que la mente en blanco existe, tiene firma cerebral propia y aparece más a menudo de lo que creemos. No es sueño, no es distracción y tampoco iluminación zen de fin de semana. Es otra cosa.

La pista definitiva llega desde el Paris Brain Institute, donde un equipo de investigadores ha logrado identificar señales cerebrales específicas asociadas a esos momentos en los que estamos despiertos, con los ojos abierto y, sencillamente, no hay nada ocurriendo dentro. Nada reconocible, al menos.

Hasta ahora, la ciencia asumía que la vigilia implicaba un flujo constante de pensamientos, imágenes o emociones. Incluso cuando divagamos, algo está pasando. La mente en blanco rompe ese consenso: no es pensar poco ni pensar mal, sino una ausencia total de contenido mental consciente, aunque el cuerpo siga funcionando con normalidad.

Para estudiarlo, los investigadores sometieron a voluntarios sanos a tareas cognitivas largas y repetitivas, mientras registraban su actividad cerebral con electroencefalografía de alta densidad. En momentos aleatorios, les preguntaban qué estaban pensando justo antes. Algunas respuestas eran claras: nada. Absolutamente nada.

Lo interesante vino después. Esos episodios no solo eran consistentes a nivel subjetivo, sino que mostraban patrones neuronales propios, distintos de la distracción o la ensoñación. Durante la mente en blanco, disminuía la comunicación entre regiones cerebrales que normalmente trabajan juntas para construir la experiencia consciente. El cerebro seguía recibiendo información del entorno, pero no la integraba. Como si la señal llegara y nadie atendiera al timbre.

En particular, se detectaron alteraciones en fases tardías del procesamiento visual, las que suelen asociarse a la interpretación consciente de lo que vemos. A nivel conductual, los participantes reaccionaban más lento, cometían más errores y mostraban signos de somnolencia ligera. No estaban dormidos, pero tampoco del todo “presentes”. Una pausa interna, breve pero real.

Y no es algo raro. Según los datos, estos vacíos mentales pueden ocupar desde pequeños lapsos hasta cerca del 20% del tiempo de vigilia diaria, dependiendo de la persona. La diferencia no está tanto en que ocurran o no, sino en si nos damos cuenta.

Este fenómeno obliga a replantear una idea bastante cómoda: que la conciencia es un continuo estable. En realidad, parece más bien una sucesión de estados que se activan, se modulan y a veces se apagan momentáneamente sin que dejemos de estar despiertos.

Desde el punto de vista clínico, la mente en blanco resulta especialmente reveladora. Se observa con mayor frecuencia en personas con ansiedad, trastorno por déficit de atención o tras esfuerzos mentales intensos. Entender cómo y por qué ocurre podría ayudar a evaluar alteraciones de la atención y ciertos trastornos psiquiátricos desde una nueva perspectiva.

La conclusión de los investigadores es tan incómoda como fascinante: estos vacíos no son fallos del sistema, sino parte estructural del funcionamiento cerebral. Pequeñas pausas que permiten reorganizar la actividad neuronal, regular la carga cognitiva o resetear el foco atencional.