El Colegio Querer, especializado en niños con dificultades neurológicas que afectan al lenguaje y la comunicación, busca que cada alumno aprenda a leer, escribir, matemáticas, a comunicarse en español e inglés y desarrollar todo su potencial.
A los niños con dificultades neurológicas y trastornos del lenguaje, los sistemas de aprendizaje de los colegios ordinarios no les suelen funcionar, ya que el cerebro de estos niños funciona de manera diferente. Pero hay niños que no encajan ni en la educación ordinaria y muchas veces tampoco en la especial. El Colegio Querer nació para cubrir este vacío, para unos niños que están un poco en tierra de nadie. “Se trata de un colegio absolutamente inclusivo en el que leer y comprender, escribir, entender las matemáticas, comunicarse en español y en inglés es el objetivo para cada alumno, y es también el resultado de una metodología diseñada específicamente para alumnos de forma individualizada cuyo cerebro funciona de forma diferente”, asegura el director general de la Fundación Querer, José Luis Puche.
“Mi visión cambió radicalmente al llegar aquí”, explica Susana Lominchar, directora del centro. “Comprobé en primera línea que estos niños tienen potencial de aprendizaje y que no hay que ponerles límites. Aquí no comparamos, partimos de una línea de salida y acompañamos el proceso”. Por supuesto no todos llegan al mismo punto, el neurodesarrollo es tan complejo como cada individuo, pero en el Colegio Querer buscan la mejor manera para que cada alumno llegue a su máximo potencial mientras están escolarizados en el centro.
El colegio funciona como un engranaje fino. Docentes, logopedas, terapeutas ocupacionales y psicólogos y neuropsicólogos trabajan coordinados durante toda la jornada. No hay sesiones aisladas ni compartimentos estancos. Las aulas son pequeñas. Las ratios, reducidas. Cada alumno tiene un plan individualizado.
“Lo que marca la diferencia es que estamos todos juntos”, explica Sheila Bodero, logopeda del centro. “Vemos al niño en el aula, en el patio, en el comedor. Ves cómo lo que trabajas se generaliza. Eso es oro”. Ese trabajo conjunto permite que el aprendizaje se sostenga en todos los contextos; ese es el objetivo final.
“Nuestros alumnos no tienen tiempo que perder, sabemos que cuanta más estimulación tengan, mejores resultados obtendremos y ese es el importantísimo y único objetivo que nos mueve”, apunta Puche.
En este colegio lo académico no se sacrifica, sino que se transforma. Por ejemplo: La escritura se trabaja desde programas específicos como Handwriting Without Tears, respetando el desarrollo motor y cognitivo. Antes del lápiz, viene la postura del cuerpo. Antes del cuaderno, el juego sensorial.
“Escribir con plastilina, con arena, con espuma… todo vale si sirve para aprender”, explica Irene Rascón, terapeuta ocupacional. “He visto niños que pasaron de no sostener un lápiz a escribir su nombre. No es rápido, pero es real”.
Aitana Saz, también terapeuta ocupacional, insiste en la misma idea: “Aquí no trabajamos para el resultado inmediato, trabajamos para que el aprendizaje se quede. Y cuando se queda, los avances son sorprendentes”.
El centro cuenta además con un departamento de inglés transversal, algo poco habitual en educación especial. Y para ello, también la metodología se adapta; el idioma no se impone, se vive. Canciones, rutinas, movimiento y juego forman parte del aprendizaje. “Cuando entro en clase con música, todo cambia”, explica Benji, profesor de inglés. “Los niños recuerdan las canciones, las esperan, participan. Aprenden inglés sin darse cuenta de que están aprendiendo”.
Este enfoque ha atraído a familias de otras nacionalidades que buscan un colegio capaz de combinar educación especializada, innovación y bilingüismo para niños con dificultades neurológicas que en muchos casos cursan discapacidad intelectual. “Todos sabemos que cada alumno es un mundo, que aquí no hay milagros, hay una organización muy comprometida con sacar a cada niño lo mejor de sí mismo, con la investigación pedagógica y clínica. Es un modelo caro en recursos y personal, pero ¿por qué hay que renunciar al aprendizaje de chavales cuyo cerebro funciona diferente? ¿Por qué hay que renunciar a mejorar las técnicas pedagógicas?”, se pregunta Puche. “En España hay extraordinarios colegios de educación especial. El nuestro busca, además, recursos paran investigar”, puntualiza.
El día a día
Los días están llenos de pequeños momentos que explican mejor que cualquier informe cómo funciona la metodología.
Irene Rascón recuerda uno con especial emoción: “Una niña sin lenguaje verbal, en medio del ruido del comedor, señaló un yogur y dijo ‘quiero yogur’. Fue una frase mínima, pero lo paró todo”.
Carolina Pérez, maestra de audición y lenguaje, habla de otro tipo de huellas: “Tengo una alumna del curso pasado que viene cada día a buscarme para abrazarme y decirme: ‘¿Te acuerdas de mí? Tú fuiste mi profe’. Eso no se olvida”.
El vínculo es una de las herramientas más potentes del colegio, aunque no aparezca en ningún currículo oficial. Conocer a cada alumno implica saber qué le calma, qué le activa, qué le desregula. “No basta con entender la discapacidad, hay que entender a la persona”, señala Benji. Y también implica que el adulto ponga todo de sí mismo. Música, movimiento, humor, juego. “Cuando el profesor se divierte, los niños también”, añade.
La ilusión es contagiosa. “Cuando el profesional disfruta, los niños lo notan”, dice Aitana Saz, terapeuta ocupacional. “Y ahí empiezan a pasar cosas”.
Marta Olalla, tutora de EBO, sonríe al recordar escenas caóticas convertidas en aprendizaje: “A veces una niña se levanta y empieza a dibujar algo increíble en la pizarra. Le dejamos seguir. Ese momento también es educación”.
Nadie oculta que el trabajo es exigente. Hay cansancio, días intensos. Pero el relato común de los profesionales del centro es la vocación. Una vocación especial que se aprecia en todos los profesionales del centro. “Hace falta un plus”, coinciden muchos. Flexibilidad, escucha, capacidad de adaptación y una enorme humildad. Hay aprendizajes que no se adquieren en ningún máster, solo al lado del niño. Observando. Esperando. Ajustando.
“Es un trabajo maravilloso que exige vocación. Te tienen que gustar estos alumnos. Pero no solo eso. Tienes que ser consciente de que eres el elemento imprescindible para que tus alumnos aprendan. Cuando lo asumes, cambia también tú vida”, explica Luis Rojas, logopeda y coordinador terapéutico. “Por ejemplo, cuando ves que un niño empieza a comunicarse, todo cobra sentido”.
Sara Ortiz, psicóloga del centro, añade: “Aquí aprendes a bajar el ritmo, a entender que nadie puede aprender cuando está desbordado. Primero regulamos, luego enseñamos; ¡pero enseñamos, ese es el objetivo! Somos un colegio, y a los colegios se va a aprender conocimientos, aunque seamos un colegio especial”.
Acompañar a las familias
El trabajo con las familias es constante y delicado. Hay comunicación diaria, reuniones cuando hace falta y estrategias compartidas. “Las familias son más importantes que nosotros”, afirma Aitana. “Son quienes están siempre”.
Nadie espera que se conviertan en terapeutas, pero sí que acompañen desde la vida cotidiana: la comida, el juego, el parque. Cuando colegio y familia caminan en la misma dirección, los avances se multiplican. Hay familias que ya no están en el colegio y vuelven en fechas señaladas, como en los campamentos de verano; o que dejan el colegio, pero acuden regularmente al Centro Terapéutico Querer, donde reciben terapias con su neurólogo o su psiquiatra; o en Navidad, para comprar lotería…. “Nos dicen que no han vuelto a encontrar un acompañamiento igual”, reconoce Carolina. “Aunque ya no estén en el colegio, se hace un seguimiento con las familias”, explica.
“Acompañar al niño, a la familia y al equipo, porque el crecimiento es mutuo”, explica Susana Lominchar. Acompañar no es observar desde fuera, sino estar dentro del proceso, incluso cuando no hay respuestas claras, incluso cuando el avance no se ve. “Estos niños necesitan mucha coordinación de distintos especialistas y los resultados no siempre son los que deseamos, pero lo importante es estar en constante búsqueda de respuestas, de estrategias”, afirma Puche.
Cada alumno llega tras una evaluación exhaustiva que marca un punto de partida. Comparar esos resultados con baremos de niños neurotípicos puede ser un golpe duro para las familias, pero en el colegio lo tienen claro: no es un límite, es una línea de salida y, sobre todo, es una oportunidad. A partir de ahí, lo importante no es la comparación, sino la evolución.
Innovar, en este contexto, no significa aplicar lo último que aparece en un manual, sino ajustar cada intervención al niño concreto que tienes delante. “El éxito no está en una metodología determinada, sino en la adaptación y en la flexibilidad”, insiste Susana Lominchar. “Todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos; saber que tienen síndromes o condiciones que afectan a su neurodesarrollo es muy duro para las familias. Nuestro primer objetivo es ayudarles a comprender y asumir la realidad, y trabajar desde ahí todos juntos”, asegura.
Cada proyecto se prueba, se evalúa y se mantiene solo si demuestra impacto real. Programas de aprendizaje disruptivos, como Arrowsmith o Handwriting Without Tears, consiguen que los niños neurodivergentes que acuden al Colegio Querer aprendan a leer, a escribir, a sumar… Además, el centro desarrolla investigaciones propias y presenta resultados en sus Jornadas Educativas y Neurocientíficas. “No seguimos modas”, insiste Susana Lominchar. “Probamos, medimos y decidimos si algo aporta valor. Aquí todo tiene que servir al niño, no al discurso”. Y concluye: “La inclusión empieza por dar a cada niño lo que necesita. Algunos alumnos podrán volver a la educación ordinaria, otros no. Y eso no es un fracaso. Lo importante es que todos avancen”.
























