La microbiota intestinal empieza a desarrollarse desde las primeras etapas de la vida y mantiene una estrecha relación con dos sistemas que también están madurando durante la infancia: el cerebro y el sistema inmunitario. Una revisión científica publicada en junio de 2026 analiza qué sabemos sobre esta conexión y hasta qué punto puede estar relacionada con el neurodesarrollo y la salud mental infantil.
El trabajo, realizado por Alejandro Borrego-Ruiz, de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), y Juan J. Borrego, de la Universidad de Málaga, revisa la evidencia disponible sobre el papel del microbioma intestinal durante las primeras etapas del desarrollo humano. Su objetivo es ofrecer una visión conjunta de su relación con el cerebro, el sistema inmunitario, los trastornos del neurodesarrollo y la salud mental durante la infancia.
Un ecosistema que se forma desde el nacimiento
La microbiota intestinal cambia de manera muy rápida durante los primeros años. Su composición está condicionada por numerosos factores y evoluciona al mismo tiempo que maduran otros sistemas del organismo.
Esta coincidencia temporal es importante porque los microorganismos intestinales no se limitan a participar en la digestión. También producen sustancias capaces de interactuar con diferentes órganos y sistemas.
Los autores señalan que la influencia de la microbiota sobre el cerebro y el sistema inmunitario parece producirse principalmente a través de la síntesis de neurotransmisores, la producción de metabolitos microbianos y la activación de determinadas vías del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, uno de los principales sistemas implicados en la respuesta del organismo al estrés.
La microbiota y el desarrollo del cerebro
El eje microbiota-intestino-cerebro constituye una red de comunicación en dos direcciones. Las señales procedentes del intestino pueden llegar al sistema nervioso por diferentes vías y, a su vez, el cerebro puede influir sobre las funciones intestinales.
La revisión analiza el papel de distintos metabolitos producidos por las bacterias intestinales y de sustancias relacionadas con neurotransmisores. Estos compuestos pueden participar directa o indirectamente en procesos vinculados con la maduración y el funcionamiento cerebral.
Los autores recogen investigaciones que relacionan la microbiota con procesos como la respuesta al estrés, la neurogénesis, la función de las células inmunitarias del cerebro y distintos aspectos del comportamiento. Sin embargo, una parte importante de los mecanismos propuestos procede todavía de estudios experimentales y no todos han sido demostrados de la misma manera en seres humanos.
El sistema inmunitario también aprende
La infancia es igualmente un periodo decisivo para la maduración del sistema inmunitario. La microbiota intestinal participa en ese proceso al mantener una comunicación continua con las células inmunitarias y contribuir a regular las respuestas frente a microorganismos y otras sustancias del entorno.
El contacto con los microorganismos intestinales ayuda al sistema inmunitario a desarrollar mecanismos de tolerancia y de defensa. Cuando esta interacción se altera, pueden producirse cambios en las respuestas inflamatorias.
Esta relación resulta especialmente relevante porque el sistema inmunitario y el cerebro no funcionan de forma independiente. Las señales inmunitarias pueden influir en el sistema nervioso, y determinadas células inmunitarias desempeñan funciones importantes durante el desarrollo cerebral.
Estrés, intestino y cerebro
Otra pieza importante es el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal. Este sistema coordina buena parte de la respuesta fisiológica al estrés y mantiene conexiones con el intestino y la microbiota.
La revisión recoge evidencia que sugiere que la composición microbiana durante las primeras etapas de la vida puede relacionarse con la forma en que se desarrolla y regula esta respuesta al estrés.
Al mismo tiempo, el estrés puede modificar el funcionamiento intestinal y alterar las condiciones en las que viven los microorganismos. Esto refuerza la idea de que la relación funciona en ambas direcciones y dificulta establecer explicaciones simples de causa y efecto.
Trastornos del neurodesarrollo
Los autores revisan también la evidencia que relaciona alteraciones de la microbiota intestinal con diferentes trastornos del neurodesarrollo.
Numerosos estudios han encontrado diferencias en la composición microbiana de personas con determinadas condiciones neuropsiquiátricas y del neurodesarrollo. Estas observaciones han impulsado el interés por comprender si la microbiota puede contribuir a algunos de sus mecanismos o síntomas.
Pero encontrar una microbiota diferente no significa que esa diferencia sea la causa del trastorno. La alimentación, los medicamentos, el estrés, los hábitos de vida, los problemas gastrointestinales y las propias características de cada condición pueden modificar también el ecosistema intestinal.
Por eso, los autores subrayan que el alcance real de la influencia de la microbiota sobre la salud neuroconductual continúa siendo objeto de investigación y debate científico.
La salud mental en las primeras etapas de la vida
La revisión amplía el análisis a la salud mental infantil. El interés se centra en comprender cómo las señales microbianas pueden interactuar con sistemas implicados en la regulación emocional, la respuesta al estrés y el comportamiento.
El eje microbiota-intestino-cerebro ofrece un marco para estudiar estas relaciones, pero todavía no permite atribuir un problema de salud mental a una determinada composición de la microbiota.
Los autores consideran que conocer mejor estas interacciones puede ayudar en el futuro a identificar factores asociados al riesgo o a la protección durante el desarrollo. Para ello será necesario determinar qué señales microbianas son realmente relevantes, en qué momentos de la infancia actúan y cómo interactúan con factores genéticos y ambientales.
¿Puede modificarse la microbiota para mejorar la salud infantil?
Una de las posibilidades que abre esta línea de investigación es utilizar el conocimiento de la microbiota para desarrollar nuevas estrategias de prevención, predicción o intervención.
La capacidad de modificar el ecosistema intestinal mediante la alimentación u otras intervenciones hace que resulte especialmente atractivo desde el punto de vista clínico. Sin embargo, la revisión no establece que exista actualmente una intervención sobre la microbiota capaz de prevenir o tratar de forma demostrada los trastornos del neurodesarrollo o los problemas de salud mental infantil.
Antes de trasladar estas posibilidades a la práctica clínica es necesario conocer mucho mejor los mecanismos implicados, identificar qué cambios son causa y cuáles consecuencia y comprobar la eficacia y seguridad de las posibles intervenciones.
Una relación prometedora, pero todavía incompleta
La principal conclusión de la revisión es que la microbiota intestinal forma parte de una compleja red de señales que acompaña a la maduración del cerebro y del sistema inmunitario desde las primeras etapas de la vida.
Neurotransmisores, metabolitos bacterianos, señales inmunitarias y mecanismos relacionados con la respuesta al estrés son algunas de las vías que pueden conectar el ecosistema intestinal con el desarrollo infantil.
Pero los autores reconocen que todavía no se conoce por completo cómo actúan estos mecanismos ni cuál es la magnitud real de su influencia sobre el neurodesarrollo y la salud inmunitaria. Resolver estas preguntas puede abrir en el futuro nuevas posibilidades para comprender, predecir y quizá intervenir sobre determinados problemas de salud pediátrica.
Por ahora, la evidencia sitúa a la microbiota como una pieza relevante de un sistema mucho más amplio en el que intervienen el cerebro, la inmunidad, el entorno y numerosos factores biológicos. Entender cómo encajan todas esas piezas es uno de los grandes retos de la investigación en los primeros años de vida.
