¿Puede la composición de la microbiota intestinal durante el primer año de vida estar relacionada con el desarrollo cognitivo posterior? Un estudio realizado con 89 niños de desarrollo típico encontró asociaciones entre las bacterias presentes en el intestino al año de edad y los resultados obtenidos en pruebas de desarrollo cognitivo a los dos años.
El trabajo, publicado en Biological Psychiatry, fue realizado principalmente por investigadores de la Universidad de Carolina del Norte. Los autores partieron de una cuestión que ya había sido estudiada en animales: diferentes experimentos con roedores habían mostrado que modificar la microbiota intestinal podía influir en el comportamiento y el rendimiento cognitivo. Sin embargo, en seres humanos se sabía mucho menos sobre la relación entre la colonización intestinal y el desarrollo cerebral durante los primeros años.
89 niños estudiados desde el primer año
Los investigadores recogieron muestras fecales de 89 niños de un año de edad y analizaron su composición bacteriana mediante secuenciación del ARN ribosómico 16S, una técnica que permite identificar y cuantificar de forma relativa los distintos grupos bacterianos presentes.
Posteriormente evaluaron el desarrollo de los niños mediante las Escalas Mullen de Aprendizaje Temprano. Estas pruebas permiten valorar diferentes capacidades, entre ellas la recepción visual, el lenguaje expresivo y receptivo y las habilidades motoras.
El estudio también utilizó resonancia magnética estructural para analizar el volumen cerebral global y el de diferentes regiones a uno y dos años de edad.
Tres grupos según su microbiota
Al analizar las muestras intestinales, los investigadores identificaron tres grupos de niños con composiciones bacterianas diferentes.
Uno de los grupos presentaba una abundancia relativamente alta del género Faecalibacterium; otro mostraba una mayor presencia de Bacteroides; y el tercero tenía una composición bacteriana en la que destacaba Ruminococcaceae, entre otros grupos.
Cuando los investigadores compararon estos perfiles con las evaluaciones realizadas a los dos años, encontraron diferencias significativas en las puntuaciones cognitivas entre los tres grupos.
El grupo con más Bacteroides obtuvo mejores resultados
Los niños pertenecientes al grupo caracterizado por una mayor abundancia relativa de Bacteroides obtuvieron las puntuaciones cognitivas más altas a los dos años.
Las diferencias se observaron en el resultado global y en varias de las capacidades analizadas. Los autores estudiaron también distintos factores que podían influir tanto en la microbiota como en el desarrollo, como el tipo de parto, la lactancia materna y otras características maternas e infantiles.
El hallazgo muestra una asociación entre un determinado perfil de microbiota al año y el rendimiento posterior en estas pruebas. No demuestra, sin embargo, que Bacteroides sea la causa de un mejor desarrollo cognitivo.
Más diversidad no significó mejores puntuaciones
Otro resultado llamativo fue la relación entre la diversidad de la microbiota y las puntuaciones cognitivas.
Los investigadores observaron que una mayor diversidad bacteriana al año de edad se asociaba con puntuaciones más bajas a los dos años en el resultado cognitivo global, la recepción visual y el lenguaje expresivo.
Este resultado puede parecer contraintuitivo, ya que con frecuencia se considera que una mayor diversidad microbiana es beneficiosa para la salud. Los autores señalan, sin embargo, que durante la primera infancia la microbiota se encuentra todavía en pleno desarrollo y que las características consideradas saludables en un adulto no tienen por qué ser las mismas en un bebé.
Por tanto, el estudio no permite concluir que una microbiota menos diversa sea, en general, mejor para el desarrollo infantil. Describe una asociación observada en esta muestra concreta y en una etapa muy específica de la vida.
¿Se encontraron diferencias en el cerebro?
El estudio analizó también si la microbiota estaba relacionada con diferencias en el volumen del cerebro observado mediante resonancia magnética.
Los análisis exploratorios indicaron que la microbiota intestinal tenía efectos mínimos sobre los volúmenes cerebrales regionales a uno y dos años. Los investigadores no encontraron una explicación estructural clara que permitiera relacionar directamente los perfiles bacterianos con las diferencias observadas en las pruebas cognitivas.
Esto significa que la asociación entre microbiota y cognición detectada en el estudio no se tradujo de forma evidente en diferencias en el tamaño de las regiones cerebrales analizadas.
Una asociación, no una relación de causa y efecto
Los propios investigadores presentan el trabajo como un primer paso. El estudio demuestra que existen asociaciones entre la microbiota intestinal y el desarrollo cognitivo en bebés humanos, pero no permite establecer que una determinada composición bacteriana provoque mejores o peores capacidades cognitivas.
Hay numerosas variables que pueden influir simultáneamente en la microbiota y en el desarrollo del niño, desde la alimentación y la lactancia hasta el entorno, la salud o las características familiares. Además, el número de participantes es relativamente reducido.
Los autores plantean la necesidad de seguir a los niños durante más tiempo y estudiar con mayor detalle los mecanismos que podrían explicar la relación encontrada.
Una primera pista sobre microbiota y cognición
El interés del estudio reside en que fue uno de los primeros trabajos en trasladar a bebés humanos una pregunta que hasta entonces se había investigado fundamentalmente en animales.
Sus resultados indican que la composición de la microbiota intestinal al año de vida está asociada con determinadas medidas de desarrollo cognitivo a los dos años. En particular, los niños con un perfil caracterizado por una mayor abundancia relativa de Bacteroides obtuvieron mejores puntuaciones, mientras que una mayor diversidad microbiana se relacionó con puntuaciones más bajas en algunas capacidades.
Pero estos resultados no permiten utilizar la microbiota para predecir el desarrollo de un niño ni justifican intervenciones destinadas a aumentar o reducir determinadas bacterias. Lo que hacen es abrir una línea de investigación para comprender mejor cómo pueden relacionarse dos procesos que evolucionan rápidamente durante los primeros años: la formación del ecosistema intestinal y el desarrollo del cerebro.
