“Pasé años pensando que era exagerada, hasta que entendí que era neurodivergente”

La chilena Carolina Muñoz Olivares acaba de publicar Soy neurodivergente, una guía dirigida tanto a personas neurodivergentes como a quienes sospechan que pueden serlo

Durante años, miles de mujeres crecieron sintiéndose “demasiado sensibles”, “raras” o incapaces de encajar sin saber que detrás de ese malestar podía existir una neurodivergencia nunca identificada. La chilena Carolina Muñoz Olivares conoce bien esa realidad. Terapeuta ocupacional especializada en salud mental, activista autista y creadora de la comunidad @mujerneurodivergente —donde reúne a más de sesenta mil seguidores— acaba de publicar Soy neurodivergente, una guía dirigida tanto a personas neurodivergentes como a quienes sospechan que pueden serlo. En ella aborda el masking (camuflaje social para intentar encajar socialmente), el agotamiento emocional, los diagnósticos tardíos y la necesidad de construir una mirada más humana y menos estereotipada sobre el autismo y el TDAH en adultos. En esta conversación reflexiona sobre las heridas invisibles de crecer intentando parecer “normal”, el peso de la sobre adaptación y la importancia de comprender la neurodivergencia desde la empatía y no desde la corrección.

Muchas mujeres llegan al diagnóstico de autismo o TDAH en la edad adulta. ¿Qué heridas deja crecer sintiendo que una tiene que encajar constantemente?

Una de las cosas de las que hablo en mi libro es del dolor que produce mirar a la niña que fuiste y darte cuenta de cuánto sufrió pensando que era extraña, exagerada o “demasiado”. Cuando creces sin entender por qué ciertas cosas te cuestan más que al resto, muchas veces terminas culpabilizándote por dificultades que no estaban bajo tu control o que simplemente nadie te ayudó a comprender. Eso deja heridas profundas: vergüenza, sensación de insuficiencia, miedo al rechazo y una autoexigencia constante. Muchas aprendemos a vigilarnos todo el tiempo para no incomodar a otros o para no parecer “raras”. Y cuando pasas tantos años intentando encajar, terminas desconectándote de quién eres realmente.

¿Hubo algún momento personal en el que entendiste que muchas cosas de tu vida tenían una explicación distinta?

La primera vez que empecé a leer sobre autismo en adultos y sobre cómo se manifestaba en mujeres —aunque hoy entiendo que tiene más relación con el sesgo de género que con ser mujer en sí— sentí que algo encajaba. Después de años yendo al psicólogo desde muy pequeña, yo sabía que había algo más que ansiedad o depresión. Entonces empecé a buscar en internet características muy específicas que sentía: sensibilidad al ruido, agotamiento social, necesidad de rutinas, sentir que actuaba distinto según con quién estuviera, como si interpretara personajes… En ese momento estudiaba Terapia Ocupacional y sí habíamos visto autismo, pero desde una mirada muy estereotipada y limitada, así que nunca pensé “esto podría ser autismo”, hasta que encontré los testimonios de una chica en internet en los que me vi reflejada. Ahí decidí evaluarme y, cuando recibí mi diagnóstico, fue una revelación: por fin algo cuadraba.

Hablas mucho de la máscara social en mujeres neurodivergentes. ¿Cómo desgasta emocionalmente vivir interpretando un personaje?

Desgasta muchísimo, porque poco a poco empiezas a sentir que tu yo real no es suficiente para ser aceptado. Muchas personas neurodivergentes aprendemos desde pequeñas a observar, copiar y adaptar nuestra forma de hablar o relacionarnos para evitar el rechazo, y el problema es que esa adaptación tiene un coste enorme. Estar siempre pendiente de cómo te ves, qué dijiste, si fuiste intensa… No descansas nunca. Y llega un punto en el que incluso cuesta reconocer qué cosas te gustan realmente, qué quieres o cómo eres cuando no estás intentando encajar. La máscara —el masking— puede ayudarnos a “sobrevivir” socialmente, pero también genera muchísimo agotamiento y ansiedad.

¿Por qué tantas mujeres pasan desapercibidas durante años en consultas, colegios e incluso dentro de sus propias familias?

Principalmente por el sesgo de género y por cómo históricamente se construyó la imagen del autismo y del TDAH. Durante muchos años, los estudios se basaron mayoritariamente en niños varones con manifestaciones más visibles, así que muchas niñas que sí cumplían criterios quedaban fuera porque no coincidían con el estereotipo clásico. Quizá tenían buenas notas, eran tranquilas, perfeccionistas o muy observadoras socialmente. O quizá sus dificultades se interpretaban simplemente como timidez, ansiedad, sensibilidad o “ser dramática”. Además, muchas aprendimos desde niñas a sobre adaptarnos, y cuanto más invisible intentas hacer el esfuerzo que realizas para encajar, más probable es que nadie perciba el sufrimiento que hay detrás.

¿Cómo afecta emocionalmente recibir un diagnóstico tardío? ¿Es alivio, duelo, rabia… una mezcla de todo?

Muchas veces es una mezcla de todo eso al mismo tiempo. En mi libro hablo de distintas fases que pueden aparecer tras un diagnóstico tardío: confusión, negación, alivio, rabia, tristeza y duelo. El alivio aparece cuando por fin entiendes que no eras “perezosa”, “exagerada” o “difícil”, pero también puede haber mucho duelo al pensar cuánto sufriste sin apoyo, cuántas veces te culpaste injustamente o cuánto cambió tu autoestima por no haber entendido antes lo que realmente te pasaba. También aparece rabia. Rabia hacia quienes no lo vieron, hacia contextos que te invalidaron o incluso hacia una sociedad que sigue teniendo miradas muy reducidas sobre la neurodivergencia. Pero para muchas personas también es el inicio de una visión mucho más compasiva hacia sí mismas.

Muchas personas neurodivergentes parecen funcionales o exitosas desde fuera. ¿Qué cosas no vemos?

No vemos el coste que puede tener sostener esa “funcionalidad”. Muchas veces vemos a alguien trabajando, estudiando o relacionándose socialmente, pero no vemos el agotamiento extremo después, las crisis en casa, el insomnio, la ansiedad constante o el esfuerzo mental que implica hacer cosas que para otros son automáticas. Y algo importante que destacar es que la funcionalidad no debería medirse por la productividad, porque hay personas que cumplen con todo externamente mientras internamente están completamente colapsadas.

¿Hay más ansiedad, depresión o agotamiento en mujeres neurodivergentes precisamente por años de sobreadaptación?

Sí, completamente. Cuando no entiendes por qué ciertas cosas te cuestan más, es muy común terminar interpretándolo como un defecto que hay que arreglar, y es ahí donde aparecen el autojuicio, la culpa y la exigencia. La sobreadaptación implica vivir permanentemente intentando corregirte, controlarte o esconder partes de ti, e intentar eso durante años genera muchísimo desgaste emocional. Muchas mujeres neurodivergentes crecieron escuchando que eran “demasiado sensibles” o “intensas”, y esos mensajes se interiorizan desde pequeñas, afectan a la autoestima y aumentan el riesgo de ansiedad, depresión y burnout.

¿Crees que todavía existe una mirada demasiado masculina sobre el autismo y el TDAH?

Sí, aunque reconozco que ha habido avances importantes, todavía queda mucho camino por recorrer. Fueron décadas en las que se proyectaba una imagen muy rígida y estereotipada de cómo “debía verse” el autismo o el TDAH, y esa representación sigue muy presente incluso en películas, series y redes sociales. Entonces muchas personas quedan fuera de esa imagen porque aprendieron a camuflarse, porque tienen intereses distintos o porque sus dificultades no son “tan visibles” externamente. Creo que el problema no es solo que falte información, sino que todavía cuesta aceptar que la neurodivergencia puede manifestarse de formas muy distintas en personas diferentes.

Como terapeuta ocupacional, ¿qué errores ves más a menudo en la forma en que la sociedad aborda la neurodivergencia?

Uno de los errores más frecuentes es negar o minimizar el impacto discapacitante que pueden tener las neurodivergencias. Existe mucho miedo alrededor de la palabra discapacidad, como si reconocerla fuera algo negativo, pero reconocer que algo puede ser discapacitante no significa reducir a la persona; significa entender que necesita apoyos. También veo mucha obsesión por que alguien parezca funcional desde fuera, aunque eso implique un enorme sufrimiento interno.

¿Seguimos obsesionados con corregir a las personas en lugar de comprenderlas?

Sí, especialmente desde ciertos enfoques clínicos o educativos. Muchas veces el objetivo sigue siendo que la persona se vea “menos autista” o “más adecuada socialmente”, en lugar de comprender qué hay detrás de ciertas conductas o necesidades. En vez de preguntarnos por qué alguien evita determinadas situaciones, por qué tiene crisis o por qué necesita ciertas rutinas, se intenta eliminar esas conductas porque incomodan al entorno. Y creo que ahí hay un problema: cuando el foco está en corregir, se pierde la empatía.

En redes sociales has creado una comunidad muy potente. ¿Qué necesidad detectaste para decidir dar ese paso?

Empecé a crear contenido justo después de mi diagnóstico, porque me di cuenta de que había muy poca información en español sobre autismo en adultos, especialmente desde experiencias más reales y menos estereotipadas. Yo había pasado años sintiéndome sola y confundida, así que quería que otras personas pudieran encontrarse antes de llegar a ese nivel de desconexión consigo mismas. También sentía la necesidad de traducir conceptos clínicos a algo más cercano, porque muchas veces la información existe, pero está escrita de una forma muy lejana para quienes realmente necesitan entenderse.

¿Qué historias o mensajes que recibes te han impactado especialmente?

Los mensajes sobre el libro me emocionan muchísimo. Personas que me cuentan que lloraron leyéndolo porque era la primera vez que se sentían vistas o comprendidas. También me impactan mucho quienes me dicen que gracias al contenido pudieron dejar de juzgarse tanto o entender cosas por las que llevaban años culpándose. Creo que una de las experiencias más dolorosas de muchas personas neurodivergentes es sentir que nadie las entiende, así que cuando alguien finalmente logra ponerle palabras a eso —o agradecerte porque fuiste tú quien le ayudó— puede ser muy emocionante.

¿Qué deberían entender los padres que acaban de recibir un diagnóstico de su hijo o hija?

Que un diagnóstico es una guía. Es una herramienta para comprender mejor las necesidades de su hijo o hija y acompañarle de una forma más respetuosa. El problema no suele ser la neurodivergencia en sí, sino crecer sintiéndose incorrecto o incomprendido. Un niño que se siente aceptado, escuchado y acompañado tiene muchas más posibilidades de desarrollar una buena autoestima que uno que crece intentando ser alguien que no es.

¿Qué papel deberían tener los colegios en la detección temprana y el acompañamiento emocional?

Los colegios deberían tener una mirada mucho más amplia y sensible sobre cómo se manifiestan las neurodivergencias. No solo poner atención en quienes presentan dificultades evidentes o conductas disruptivas, sino también en quienes pasan desapercibidos. Muchas niñas y adolescentes neurodivergentes fueron invisibles —me incluyo completamente— porque eran tranquilas, responsables o académicamente competentes, mientras emocionalmente sufrían muchísimo.

¿Qué cosas pequeñas pueden cambiar radicalmente la vida cotidiana de una persona neurodivergente?

A veces, cosas muy simples marcan una diferencia enorme: permitirse descansar, validar necesidades sensoriales, no obligar a socializar constantemente, flexibilizar ciertas exigencias o simplemente dejar de interpretar todo como pereza o mala actitud. También cambia mucho la vida cuando una persona siente que puede pedir ayuda y expresar sus necesidades sin miedo a ser juzgada.

¿Cómo influye el entorno —ruido, luces, exigencias sociales, ritmos— en el bienestar emocional?

Influye muchísimo. Muchas personas neurodivergentes viven en un estado de sobrecarga constante sin siquiera darse cuenta, porque se acostumbraron a tolerar ambientes que las saturan. El ruido, las luces intensas, la imprevisibilidad, las exigencias sociales permanentes o los ritmos acelerados pueden generar agotamiento extremo, irritabilidad, ansiedad e incluso crisis. Por eso el bienestar no depende solamente de “ponerle ganas”, sino también de lo amable que sea el entorno para tu sistema nervioso.

¿Crees que el mundo actual es especialmente hostil para ciertos perfiles neurodivergentes?

Sí, especialmente para adultos neurodivergentes. Todavía existe muchísima desinformación y muchas personas siguen pensando que si alguien trabaja, estudia o habla, entonces “no puede ser autista”. Vivimos en una sociedad muy centrada en la productividad, y eso puede ser extremadamente agotador para ciertos perfiles neurodivergentes.

Además, muchas veces solo se valida el sufrimiento cuando es visible, así que quienes logran aparentar funcionalidad quedan atrapados en una especie de invisibilidad donde necesitan ayuda, pero nadie la reconoce.

Se habla mucho de inclusión, pero poco de pertenencia. ¿Cuál es la diferencia?

La inclusión muchas veces significa permitir que alguien esté presente en un espacio adaptado, pero la pertenencia implica que esa persona realmente pueda existir ahí sin sentir que tiene que esconder quién es para ser aceptada. Puedes estar incluido en un lugar y aun así sentirte completamente solo, incómodo o fuera de lugar. La pertenencia aparece cuando no necesitas actuar constantemente para merecer estar ahí.

¿Qué significa realmente aceptar la neurodivergencia sin romantizarla?

Significa entender que la neurodivergencia no es ni una tragedia absoluta ni un “superpoder”. Puede incluir fortalezas, pero también dificultades reales y discapacitantes. Aceptar la neurodivergencia implica dejar de negar el sufrimiento que muchas personas viven, pero sin reducirlas únicamente a ese sufrimiento. Creo que romantizarla puede ser tan dañino como patologizarla, porque ambas miradas terminan simplificando experiencias que son muchísimo más complejas.

A nivel más íntimo, ¿qué significa hoy para ti sentirte bien contigo misma?

Significa poder aceptar cuando necesito ayuda sin sentir culpa. Significa dejar de exigirme parecer “normal” todo el tiempo y permitirme ser más auténtica. También significa entender que mi valor no depende de cuánto produzco, cuánto logro adaptarme o de qué tan funcional parezco desde fuera. Creo que sentirme bien conmigo misma hoy tiene mucho que ver con tratarme con más comprensión y menos crítica interna.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.