“Los modelos animales nos permiten entender qué falla en el cerebro y abrir la puerta a nuevas terapias”

Aixa Morales trabaja actualmente como investigadora principal en el Instituto Cajal, centro perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), donde dirige un laboratorio centrado en el estudio de la neurogénesis y el desarrollo del cerebro.

La investigadora Aixa Morales centra su trabajo en desentrañar cómo se forma el cerebro y qué ocurre cuando ese desarrollo se altera. Desde una perspectiva profundamente experimental, su investigación utiliza modelos animales —especialmente el ratón— para reproducir mutaciones genéticas humanas y observar, desde el nivel celular hasta el comportamiento, cómo impactan en funciones clave como la memoria o la sociabilidad. Su enfoque conecta la ciencia básica con la búsqueda de soluciones terapéuticas, en un momento en el que la biomedicina vive una auténtica revolución impulsada por la tecnología.

Pregunta. ¿En qué ha centrado su intervención en estas jornadas?

Respuesta. Me he centrado en explicar el valor de utilizar modelos animales, como el ratón, para entender cómo se forma el cerebro correctamente y qué sucede cuando hay alteraciones. En humanos, muchas de estas alteraciones tienen una base genética, y lo que hacemos es reproducir esas mutaciones en animales. Esto nos permite analizar no solo los cambios a nivel celular o estructural —como alteraciones en la migración de células o en la conectividad—, sino también estudiar comportamientos que están afectados en los pacientes.

P. ¿Qué tipo de funciones pueden estudiar gracias a estos modelos?

R. Nosotros nos centramos especialmente en el hipocampo, una región clave del cerebro. Analizamos aspectos como la memoria espacial, la memoria social o la sociabilidad, que, por ejemplo, están alteradas en trastornos del espectro autista. También estudiamos procesos de aprendizaje que se ven afectados en muchas enfermedades del neurodesarrollo.

P. ¿Qué aportan estos estudios a la investigación en humanos?

R. Nos permiten identificar el sustrato celular y molecular de esas alteraciones, lo que es el primer paso para buscar dianas terapéuticas. A partir de ahí, se abren vías de tratamiento que pueden ir desde fármacos hasta estrategias más avanzadas, como la modificación genética mediante herramientas como los vectores virales, que nos permiten actuar directamente sobre las células alteradas.

P. ¿Por qué es imprescindible trabajar con modelos animales antes de aplicar estos avances en pacientes?

R. Porque necesitamos comprobar que, además de mejorar la función cerebral, no generamos efectos secundarios negativos. Todo ese trabajo previo es fundamental para garantizar la seguridad antes de trasladar cualquier avance al ámbito clínico.

P. Ha mencionado también el papel de la tecnología en este campo. ¿Estamos ante un cambio de paradigma?

R. Sin duda. El cerebro ha sido siempre un gran desconocido, en parte por su enorme complejidad y por la falta de herramientas para estudiarlo. Hoy, gracias a avances como la inteligencia artificial, el modelado de redes neuronales o el uso de células humanas que podemos convertir en neuronas —incluso crear organoides cerebrales—, estamos viviendo una revolución. Todo esto va a marcar el futuro de la biomedicina en los próximos años.

P. ¿Qué valor tienen encuentros como estas jornadas?

R. Son fundamentales. Los científicos solemos movernos en entornos muy especializados y a veces perdemos el contacto con la realidad de los pacientes. Espacios como este, donde coinciden investigadores, médicos, educadores y familias, nos ayudan a poner el foco en lo realmente importante: qué necesitan las personas y cómo podemos dar respuesta desde distintos ámbitos.

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