“La inclusión no puede ser un eslogan: tiene que tener sentido en la realidad”

Gregorio Luri es filósofo, pedagogo y ensayista, uno de los principales referentes del pensamiento educativo en España”.

Gregorio Luri es filósofo, pedagogo y ensayista, una de las voces más influyentes en el debate educativo en España. Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona, ha desarrollado una amplia trayectoria como docente, investigador y autor, con una obra centrada en la reflexión sobre la educación, el aprendizaje y el papel de la escuela en la sociedad contemporánea.

Pregunta. Usted plantea la educación como un asunto profundamente filosófico. ¿Por qué?

Respuesta. Porque no hay tema que no pueda abordarse filosóficamente. Podemos pensar filosóficamente sobre la moda o la cocina, pero la educación es, probablemente, el gran tema. Nos obliga a preguntarnos cómo nacemos, hacia dónde vamos y qué sentido damos a nuestra vida. Y, además, añade una cuestión clave: la responsabilidad que tenemos hacia los demás, especialmente hacia quienes dependen de nosotros para no perderse.

P. ¿Dónde cree que falla hoy el discurso educativo?

R. En que confundimos las buenas intenciones con la realidad. Formular principios es muy fácil, decretar ideales aún más. Pero el verdadero problema está en el día a día. Hemos caído en la tentación de pensar que por proclamar que algo debe ser de una determinada manera, automáticamente lo será. Y no es así. Las buenas intenciones deben medirse en la práctica, no en los discursos.

P. Ha sido especialmente crítico con el concepto de inclusión.

R. Más que crítico, intento devolverlo a la realidad. La inclusión se ha convertido casi en un mantra, pero debemos preguntarnos qué significa realmente. ¿Tenemos centros preparados para asumir toda la complejidad que implica? ¿Tenemos profesores con los recursos y la formación necesarios? Porque la realidad en el aula es muy exigente, y no se puede simplificar con eslóganes.

P. ¿Cuál es el riesgo de ese enfoque más idealista?

R. Que generamos una distancia enorme entre nuestras intenciones y la realidad. Y cuando esa distancia es demasiado grande, las cosas dejan de encajar. Hemos hecho algo peor que trivializar ciertos conceptos: los hemos convertido en fines en sí mismos. La inclusión no puede ser un objetivo vacío; tiene que tener un propósito claro y medible en la vida real.

P. Entonces, ¿cómo debería abordarse este debate?

R. Partiendo de la realidad. Analizando qué tenemos y cómo podemos mejorar poco a poco. Y, sobre todo, preguntándonos para qué queremos la inclusión: si para la escuela o para la sociedad. Porque no necesariamente son lo mismo, y la educación debería estar orientada a facilitar una verdadera inclusión social, no solo a cumplir con un principio teórico.

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