Los sorprendentes vínculos entre el autismo y el Alzheimer podrían cambiar cómo tratamos ambas enfermedades

La idea de que dos trastornos situados en extremos opuestos de la vida puedan estar biológicamente conectados empieza a cuestionar décadas de investigación en neurociencia

Traducción de un artículo escrito por Ariana Eunjung Cha para The Washington Post

Joseph Buxbaum no lo creyó al principio. Cuando hace unos años comenzaron a aparecer en la literatura médica los primeros indicios de una conexión entre el autismo y el Alzheimer, le parecieron poco plausibles: uno es un trastorno del desarrollo temprano del cerebro; el otro, una enfermedad que provoca su deterioro en la vejez.

Pero las señales se fueron acumulando y, con el tiempo, su escepticismo dio paso a una nueva línea de investigación que podría transformar la comprensión científica de ambas enfermedades.

«Me resistí mucho a esta idea. No quería creerlo», reconoce Buxbaum, profesor de psiquiatría, neurociencia y genética en la Escuela de Medicina Icahn del Mount Sinai.

Durante décadas, el autismo se ha tratado casi exclusivamente como una condición infantil, con escasa atención a su evolución con la edad. Reconocido oficialmente como diagnóstico independiente en 1980, pasó en gran medida desapercibido en generaciones anteriores. Solo recientemente —a medida que ha aumentado la conciencia social y las primeras cohortes diagnosticadas alcanzan la mediana edad— los investigadores han comenzado a estudiar a los adultos autistas en etapas avanzadas de la vida.

Los datos siguen siendo limitados. Un análisis publicado el año pasado reveló que solo una pequeña fracción de los más de 40.000 estudios sobre autismo publicados entre 1980 y 2021 incluía a personas mayores de 50 años. Sin embargo, el número de investigaciones sobre el envejecimiento en el autismo está creciendo rápidamente. Los avances en neuroimagen, secuenciación de ADN y biología molecular están revelando coincidencias notables entre el autismo y el Alzheimer —en los genes, en los circuitos neuronales e incluso en los patrones de la enfermedad—, según los científicos.

La idea de que dos trastornos situados en extremos opuestos de la vida puedan estar biológicamente conectados empieza a cuestionar supuestos arraigados en la ciencia del cerebro y a difuminar una división que ha marcado el campo durante décadas. Algunos investigadores comienzan a ver ambas enfermedades como fenómenos interrelacionados: comprender el Alzheimer podría requerir mirar hacia cómo se desarrolla el cerebro, y los conocimientos sobre el autismo podrían, a su vez, cambiar la forma en que entendemos el Alzheimer.

Gran parte de esta investigación se encuentra todavía en fases iniciales y, en algunos casos, resulta contradictoria o especulativa. Aún no demuestra que el autismo y el Alzheimer formen parte de un mismo continuo biológico. Pero sus implicaciones son profundas: ambas enfermedades siguen siendo en gran medida desconocidas y difíciles de tratar, y su estudio conjunto podría abrir nuevas vías de intervención.

«Hay indicios sólidos de que algo está ocurriendo —de que la distinción tradicional entre neurodesarrollo y neurodegeneración puede ser bastante artificial desde el punto de vista biológico», explica Andy Shih, director científico de Autism Speaks.

Un riesgo inesperado

Separados por décadas, el autismo y el Alzheimer se desarrollan en el mismo escenario: el cerebro humano, una red de miles de millones de neuronas y billones de sinapsis que se reorganiza constantemente a lo largo de la vida. En el autismo, esas conexiones se forman de manera diferente; en el Alzheimer, se deterioran progresivamente.

El vínculo empezó a llamar la atención entre finales de los noventa y principios de los 2000, con hallazgos inquietantes: casos de adultos autistas que desarrollaban demencia a edades tempranas. Más recientemente, estudios poblacionales de mayor tamaño han sugerido un riesgo elevado en este grupo.

Las cifras exactas son difíciles de precisar. Muchas personas mayores de 65 años nunca fueron diagnosticadas, lo que complica las estimaciones. Pero si la prevalencia es similar a la observada en la infancia —aproximadamente 1 de cada 31—, el número podría alcanzar los 1,97 millones. Y dado que uno de cada nueve estadounidenses de esa edad padece Alzheimer, la superposición podría situarse en torno a 220.000 personas.

Brian Lee, epidemiólogo de la Universidad de Drexel, señala un análisis de 2021 basado en datos de Medicaid que encontró que las personas con autismo tenían unas 2,6 veces más probabilidades de ser diagnosticadas de Alzheimer de inicio temprano y otras demencias relacionadas en comparación con la población general. Resultados similares se replicaron en 2025 en un estudio publicado en JAMA.

Además, los vínculos del autismo con otros trastornos neurológicos podrían ir más allá del Alzheimer. Algunos estudios apuntan a un mayor riesgo de enfermedad de Parkinson, una patología neurodegenerativa que afecta al movimiento.

Este conjunto de investigaciones ha abierto numerosas preguntas. Algunas tienen un enfoque práctico: ¿las dificultades de comunicación dificultan la atención médica? ¿los hábitos de ejercicio son diferentes? ¿qué efectos a largo plazo tienen los tratamientos? ¿puede haber más lesiones cerebrales por problemas de coordinación? A todo ello se suma otro factor: un mayor nivel de estrés a lo largo de la vida.

«La idea es que el autismo, como condición, conlleva cambios en el estilo de vida que podrían predisponer a la neurodegeneración», explica Lee.

Sin embargo, los hábitos y el entorno no parecen explicar por sí solos el fenómeno. Cada vez más, los investigadores encuentran que la conexión es más profunda y se adentra en la propia biología.

Sinapsis en riesgo

El solapamiento entre el autismo y el Alzheimer se hace especialmente evidente en el creciente número de genes compartidos. Una revisión de 2025 identificó al menos 148 genes en común, muchos de ellos implicados en los procesos fundamentales que configuran y mantienen el cerebro.

Genes como MECP2, ADNP, GRIN2B o SHANK3 están directamente relacionados con la forma en que las neuronas se conectan, se comunican y se adaptan. En conjunto, apuntan a una idea clave: cambios en el número, la calidad o la ubicación de las sinapsis —los puntos de conexión entre neuronas— pueden influir tanto en el desarrollo del cerebro como en su deterioro posterior.

El gen SHANK3, uno de los más estudiados en autismo, ilustra bien esta conexión. En el autismo, sus mutaciones alteran la formación de las conexiones neuronales desde etapas tempranas. En el Alzheimer, en cambio, sus niveles disminuyen a medida que avanza la enfermedad, lo que se asocia con la pérdida progresiva de conexiones.

En experimentos con ratones, los científicos han observado que animales con mutaciones en este gen presentan dificultades para adaptarse a cambios en tareas de aprendizaje, un rasgo típico del Alzheimer. Sin embargo, paradójicamente, estos mismos ratones muestran resistencia a desarrollar una patología completa similar a la demencia, lo que podría ofrecer pistas sobre mecanismos de protección.

La limpieza del cerebro

El cerebro, incluso en reposo, genera residuos constantemente. Para mantener su funcionamiento, dispone de sistemas de “limpieza” celular que eliminan desechos y proteínas tóxicas.

Muchos de los genes compartidos entre autismo y Alzheimer están vinculados a un mismo sistema: la vía mTOR, que regula la autofagia, el proceso mediante el cual las células reciclan componentes y eliminan residuos.

Cuando este sistema falla, las consecuencias aparecen lentamente: acumulación de desechos, proteínas mal plegadas y deterioro de la comunicación neuronal. Con el tiempo, estas alteraciones podrían afectar tanto al desarrollo cerebral como a la degeneración propia del Alzheimer.

Algunos estudios recientes sugieren también similitudes en sistemas como el glinfático, encargado de eliminar residuos del cerebro durante el sueño. Aunque estos hallazgos son preliminares, apuntan a posibles mecanismos compartidos.

Nuevas formas de entender el cerebro

Gracias a las técnicas de neuroimagen, los investigadores pueden observar cómo evolucionan estas enfermedades en cerebros vivos. Y los patrones empiezan a mostrar similitudes inesperadas.

Durante años, el foco estuvo en regiones concretas del cerebro. Hoy, la atención se centra en las conexiones entre esas regiones: las redes neuronales que permiten el funcionamiento global del cerebro.

En el autismo, la densidad y la fortaleza de las conexiones parecen relacionarse con el funcionamiento diario. En el Alzheimer, la pérdida de esas mismas conexiones se asocia estrechamente con el deterioro cognitivo.

Investigaciones recientes han observado cambios en el hipocampo —clave para la memoria— que aparecen antes y de forma más intensa en adultos con autismo.

Una nueva esperanza

Lo que empieza a emerger de estas investigaciones no es solo un cambio conceptual, sino también nuevas vías terapéuticas.

Algunos estudios sugieren que los tratamientos del Alzheimer podrían centrarse menos en las placas de amiloide y más en las sinapsis y la conectividad. Al mismo tiempo, otras investigaciones apuntan a que proteínas clave del Alzheimer, como tau, también podrían desempeñar un papel en el autismo.

En modelos animales, reducir los niveles de esta proteína ha permitido disminuir síntomas del autismo de forma duradera.

«Imagínese una orquesta», explica el neurocientífico Lennart Mucke. «Todo debe sonar en armonía. Si el director falla, aparece el desorden».

El reto ahora es precisamente ese: aprender a restaurar esa armonía en el cerebro.

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