Un hormigueo que no desaparece, comenzar a tropezar con frecuencia, olvidar cosas que antes recordábamos sin dificultad o experimentar un cambio inesperado en la visión. Muchos síntomas neurológicos pueden confundirse inicialmente con cansancio, estrés o simplemente con el paso de los años. La mayoría no esconden una enfermedad grave, pero cuando aparecen de forma repentina, persisten o empeoran conviene prestarles atención.
Nuestro sistema nervioso controla prácticamente todo lo que hacemos. Nos permite movernos, hablar, recordar, mantener el equilibrio, interpretar lo que vemos o sentir el contacto de nuestra piel.
Por eso, cuando algo altera su funcionamiento, las señales pueden ser enormemente variadas.
No siempre aparece un síntoma espectacular. Algunas enfermedades neurológicas comienzan con cambios relativamente pequeños que pueden pasar inadvertidos durante semanas o meses. Otras, por el contrario, producen síntomas repentinos ante los que es necesario actuar inmediatamente.
Una exploración neurológica puede estar indicada ante dolores de cabeza nuevos o que aumentan de intensidad, alteraciones repentinas de la visión, problemas de equilibrio, debilidad o entumecimiento, cambios de memoria o comportamiento, dificultades para hablar, convulsiones o movimientos involuntarios.
La cuestión no es alarmarnos ante cualquier pequeño cambio, sino aprender a distinguir cuándo nuestro cuerpo está diciendo algo que merece ser consultado.
1. Un dolor de cabeza diferente a los demás
Tener dolor de cabeza es extraordinariamente frecuente y, en la inmensa mayoría de las ocasiones, no significa que exista una enfermedad neurológica grave.
Lo que importa es observar si cambia el patrón habitual.
Un dolor nuevo que comienza a repetirse, aumenta progresivamente de intensidad o presenta características muy diferentes de los dolores que hemos tenido anteriormente merece una valoración médica.
Especialmente importante es el dolor que aparece de manera súbita y alcanza una intensidad extrema en muy poco tiempo. También requieren atención los dolores acompañados de otros síntomas neurológicos, como confusión, pérdida de conocimiento, problemas de equilibrio, debilidad o convulsiones.
No se trata, por tanto, simplemente de cuánto nos duele la cabeza. También importa cómo empezó, cuánto dura, si está cambiando y qué otros síntomas aparecen con él.
2. Olvidos que empiezan a complicarnos la vida
Todos olvidamos cosas.
Entrar en una habitación y no recordar qué íbamos a buscar, tardar unos segundos en encontrar una palabra o no saber dónde hemos dejado las gafas forma parte de la experiencia cotidiana.
La situación cambia cuando los problemas de memoria empiezan a interferir con actividades que anteriormente realizábamos con normalidad.
Olvidar repetidamente conversaciones recientes, tener dificultades para realizar tareas familiares, desorientarse en lugares conocidos o experimentar cambios importantes en la capacidad para organizarse son situaciones que conviene valorar.
Los cambios de memoria y comportamiento forman parte de los síntomas que pueden justificar una exploración neurológica.
Además, un problema de memoria no significa necesariamente una enfermedad neurodegenerativa. Existen numerosas causas que pueden afectar a nuestras capacidades cognitivas y que requieren una valoración individual.
3. Un hormigueo que no desaparece
A todos se nos ha «dormido» alguna vez una pierna o un brazo después de mantener una postura durante demasiado tiempo.
Normalmente la sensación desaparece rápidamente al movernos.
Otra cosa es experimentar hormigueos, entumecimiento o pérdida de sensibilidad de manera persistente o repetida sin una explicación evidente.
Estos síntomas pueden aparecer cuando existe algún problema en los nervios periféricos, pero también pueden estar relacionados con alteraciones en otras partes del sistema nervioso.
Especial atención merece la pérdida de sensibilidad o el entumecimiento que aparecen bruscamente y afectan únicamente a un lado del cuerpo, sobre todo si se acompañan de debilidad, dificultades para hablar u otros síntomas neurológicos.
4. Cuando mantener el equilibrio empieza a resultar difícil
El equilibrio depende de un sofisticado trabajo en equipo.
El cerebro integra continuamente información procedente de la vista, el oído interno, los músculos y las articulaciones para saber dónde estamos y mantenernos estables.
Por eso, los problemas de equilibrio pueden tener orígenes muy diferentes y no todos son neurológicos. Los trastornos del oído interno, por ejemplo, son una causa frecuente de vértigo.
Pero si comenzamos a experimentar inestabilidad de manera repetida, tenemos dificultades para caminar con normalidad o sufrimos caídas inexplicables, es conveniente buscar la causa. Los trastornos del equilibrio pueden manifestarse como vértigo, sensación de desmayo, inestabilidad, desorientación o sensación de que podemos caernos.
5. Perder fuerza sin saber por qué
No es lo mismo estar cansado que perder fuerza muscular.
La diferencia puede parecer pequeña, pero es importante. El cansancio puede hacer que no tengamos ganas de subir unas escaleras. La debilidad hace que, aunque queramos hacerlo, nuestro cuerpo tenga dificultades para responder como antes.
Puede manifestarse al levantarnos de una silla, agarrar objetos, caminar o realizar movimientos que anteriormente no suponían ningún problema.
La debilidad progresiva requiere valoración, pero la que aparece repentinamente tiene especial importancia.
Si una persona pierde de manera súbita fuerza en un brazo, una pierna o un lado del cuerpo, especialmente si aparecen también alteraciones del habla, sensibilidad o visión, debe considerarse una urgencia médica.
6. Temblores y movimientos que no podemos controlar
Las manos pueden temblar por muchas razones. El estrés, la ansiedad, el cansancio, algunos medicamentos o un consumo elevado de cafeína pueden producir temblor.
Por eso, un episodio aislado no tiene por qué resultar preocupante.
Pero un temblor que aparece sin una causa clara, persiste, empeora o comienza a dificultar acciones cotidianas como escribir, comer o sujetar objetos merece una consulta.
Lo mismo ocurre con movimientos bruscos o repetitivos que no podemos controlar.
El temblor incontrolable y los movimientos involuntarios repentinos se encuentran entre los síntomas que los especialistas valoran durante una exploración neurológica.
7. Tener problemas para hablar o entender
A veces sabemos perfectamente qué queremos decir, pero una palabra se resiste. Eso puede sucedernos a todos.
Lo que resulta diferente es experimentar de forma repetida dificultades nuevas para construir frases, encontrar palabras habituales, comprender lo que nos dicen o pronunciar correctamente.
Cuando estas alteraciones aparecen progresivamente es necesario investigar su origen.
Pero si la dificultad para hablar o comprender aparece de repente, especialmente acompañada de debilidad, entumecimiento, alteraciones visuales o problemas de equilibrio, requiere atención médica urgente.
El habla arrastrada o las dificultades repentinas para hablar son signos neurológicos que no deben ignorarse.
8. Pequeñas desconexiones que pueden ser una crisis
Cuando pensamos en una convulsión solemos imaginar a una persona perdiendo el conocimiento y sufriendo movimientos intensos de brazos y piernas.
Pero no todas las crisis epilépticas son así.
Algunas pueden provocar únicamente unos segundos de desconexión, una mirada fija, movimientos automáticos, una sensación extraña o alteraciones repentinas de la percepción.
Las crisis focales pueden incluso producir experiencias como un miedo inesperado, una sensación de déjà vu o cambios inexplicables en el olfato, el gusto o la percepción visual.
Por eso, episodios repetidos en los que una persona parece ausentarse durante unos segundos o realiza movimientos automáticos sin ser plenamente consciente de ellos merecen una valoración.
Una primera convulsión también debe ser consultada médicamente.
9. Cambios de personalidad que no sabemos explicar
El cerebro no controla únicamente nuestros movimientos y nuestros sentidos.
También interviene en la conducta, las emociones, la capacidad para tomar decisiones y nuestra forma de relacionarnos con los demás.
Por eso, determinados problemas neurológicos pueden manifestarse inicialmente mediante cambios en el comportamiento.
Una apatía desconocida hasta entonces, modificaciones importantes del juicio o de la conducta, una desinhibición llamativa o transformaciones persistentes que también percibe el entorno pueden justificar una evaluación.
Eso no significa que cualquier cambio emocional tenga un origen neurológico. Los factores psicológicos, sociales y vitales son fundamentales en nuestro comportamiento.
Pero cuando existe un cambio importante, persistente y difícil de explicar, especialmente si se acompaña de alteraciones cognitivas o físicas, conviene buscar su causa. Los cambios de memoria o comportamiento son precisamente algunos de los motivos por los que puede realizarse una exploración neurológica.
10. Cuando nuestra forma de ver cambia de repente
No toda la visión ocurre en los ojos.
Los ojos captan la información, pero es nuestro sistema nervioso el que debe transportarla e interpretarla. Por eso, algunos problemas neurológicos pueden manifestarse mediante cambios visuales.
Visión doble, pérdida de una parte del campo visual o visión borrosa de aparición repentina son síntomas que necesitan valoración, especialmente cuando aparecen junto a debilidad, alteraciones del habla, dolor de cabeza intenso o problemas de equilibrio.
Los cambios súbitos de visión figuran entre los síntomas por los que puede ser necesario realizar una exploración neurológica.
Lo importante no es tener un síntoma sino cómo aparece
Hay una idea fundamental cuando hablamos de señales neurológicas.
Un hormigueo no significa que tengamos una neuropatía. Un olvido no significa que tengamos alzhéimer. Un mareo no significa que exista una enfermedad cerebral. Y un dolor de cabeza no implica que tengamos un tumor.
Muchos de estos síntomas son extremadamente frecuentes y tienen causas benignas.
Lo que debe hacernos prestar más atención es un cambio respecto a nuestra situación habitual. Síntomas nuevos, persistentes, progresivos o que empiezan a interferir con nuestra vida cotidiana merecen ser consultados.
Y existe otra regla todavía más importante. Algunos síntomas neurológicos no permiten esperar a una cita médica ordinaria.
Una pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en un lado del cuerpo, una dificultad súbita para hablar o comprender, determinados cambios bruscos en la visión, una pérdida de conciencia o un dolor de cabeza repentino de extraordinaria intensidad requieren atención médica urgente.
Nuestro cerebro no siempre avisa con grandes señales. A veces lo hace mediante pequeños cambios que tendemos a justificar porque estamos cansados, estresados o simplemente cumpliendo años.
La clave no está en vivir pendientes de cada olvido o cada hormigueo, sino en conocer nuestro funcionamiento habitual y prestar atención cuando algo cambia de forma clara.
Porque en neurología, como en tantas otras áreas de la medicina, reconocer a tiempo que algo no funciona como antes puede ser el primer paso para descubrir por qué.
